jueves, 2 de febrero de 2012

El Caucaso se desangra en conflictos inter-etnicos...


La persistencia de la guerrilla insurgente en Chechenia es sólo el exponente más abrupto de lo que sigue ocurriendo en el resto del Cáucaso. También las fronteras de Armenia y Azeirbaiyan, dos países que pertenecen al Consejo de Europa, se cobran cada año decenas de víctimas por disparos o captura de prisioneros. Casi dos décadas de alto el fuego en sus respectivos conflictos no ha servido para apaciguar la violencia latente. Al contrario, sus ejércitos se han rearmado y, según muestran las encuestas, el rechazo entre etnias es cada vez mayor, apoyado en rivalidades religiosas o territoriales y agitado por acusaciones mutuas entre gobiernos cuya legitimidad democrática está en ocasiones en entredicho.

En el Cáucaso, tierra de históricos conflictos, por servir de frontera natural entre Asia y Europa, la práctica habitual es que las decenas de etnias que allí se acumulan apenas convivan, sino que permanezcan mayoritariamente segregadas, incluso cuando comparten el mismo territorio. Eso conlleva evidentes riesgos en una región tan empobrecida y escasa en tradición democrática. En el caso de Armenia, la guerra que le enfrentó con Azerbaiyán por el control de la región de Nagorno-Karabaj terminó con un alto el fuego en 1994, pero aún no se ha podido firmar la paz definitiva, y los tiroteos en la frontera son intermitentes.

Tan sólo entre los días 19 y 26 del pasado mes de noviembre dos soldados armenios karabajíes murieron por disparos de francotiradores, y en respuesta éstos abatieron a siete militares azeríes. Según informes de las fuerzas de seguridad del Alto Karabaj, esa semana el alto el fuego fue violado nada menos que en 270 ocasiones. Durante todo el otoño pasado, las exhibiciones de poderío militar, mediante desfiles a uno y otro lado, han hecho pensar a muchos en la posibilidad de una nueva guerra.

Los gobiernos de Armenia y Azerbaiyán mantienen alta la tensión en las fronteras, pero también hay un frente interior, entre la población civil.

A este respecto, los datos que aporta Ashot Parsyán, director del Centro Hispano de Ereván, resultan escalofriantes. Según las encuestas oficiales que maneja, tan sólo el 28% de los armenios aprueba la amistad con los azeríes, pero esa cifra se reduce a apenas el 1% en el país vecino. Es decir, que la práctica totalidad de la población de Azerbaiyán rechaza de plano cualquier relación de vecindad con Armenia.

“Nos odian profundamente”, admite amargamente Ashot, cuya experiencia personal es buena muestra de la virulencia social de este conflicto. Aunque de origen étnico armenio, él nacio en Bakú, la capital azerí, en los tiempos en que los dos países eran repúblicas soviéticas, integradas en la antigua URSS. Los azeríes, mayoritariamente musulmanes, y los armenios, de ancestrales creencias cristianas, vivían en paz en la década de los ochenta, pero con la desintegración del régimen soviético surgieron también las discordias territoriales y los rencores interétnicos. La familia de Ashot tuvo primero que dejar de hablar armenio en público, y finalmente salir precipitadamente de Azerbaiyán, temiendo por su vida.

No en vano, aquel conflicto dejó unos 15.000 muertos y un millón de desplazados. Sin embargo, Ashot no se siente en absoluto un refugiado. Al contrario, sólo cree haber vuelto a casa, y recuerda con hilaridad la alegría de su hermana pequeña hace dos década, al bajarse del avión y gritar a los cuatro vientos que ya podía expresarse de nuevo en su lengua natal. Eso no obsta para que lamente la actual escalada de tensión cuando su país no logra salir de una extrema pobreza y la máxima aspiración de las jóvenes generaciones es emigrar.

La representación permanente de Armenia en Naciones Unidas ha denunciado en varias ocasiones que Azerbaiyán “viene desarrollando y ejecutando desde hace años una campaña en gran escala de propaganda, en la que infunde el odio racial y la intolerancia contra los armenios”, motivo por el cual asegura que más del 70% de la ciudadanía azerí se opone actualmente la labor del denominado Grupo de Minsk para las negociaciones de paz entre los dos países. Ni siquiera la mediación de Rusia, que vela por sus intereses petrolíferos en la zona, logra allanar el camino.

Esa presunta propagación de odio étnico puede parecer usual, como técnica utilizada desde el poder político para manipular a la población, en un país como Azerbaiyán, donde se acumulan las acusaciones de fraude cada vez que se celebran elecciones. Diversas organizaciones de derechos humanos, sobre todo Aministía Internacional, vienen denunciando una desmesurada represión de las recientes protestas, inspiradas por la primavera árabe, contra el autoritarismo y la supuesta corrupción del régimen azerí. Sin embargo, es más difícil de explicar esta animadversión popular en Armenia, un país que ya parece a salvo de tales sospechas antidemocráticas.

“La intolerancia y el odio étnico existen también en Armenia”, opina el veterano periodista armenio Onnik Krikorian. Ejemplifica su afirmación con lo sucedido recientemente en Ereván, donde ningún recinto fue capaz de albergar un festival de cine sobre Azerbaiyán, ante las amenazas recibidas.
Armenia, que fue el primer país del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial, mantiene cerradas sus fronteras no sólo con Azerbaiyán, sino también con Turquía. El único país de mayoría musulmana con las que las mantiene abiertas es Irán, y no sin reticencias. El pasado 23 de enero el Senado de Francia aprobó la reforma legal que castiga la negación del genocidio armenio a manos de las autoridades turcas en 1915, y que provocó un éxodo de tal magnitud que actualmente viven 9 millones de personas de origen armenio en el extranjero y sólo 3 millones en ese país. Desde ahora en Francia, negar el genocidio armenio se pena igual que hacerlo con el holocausto judío. Turquía ha amenazado a Francia con denunciarla al Tribual de Derechos Humanos por esta decisión, tensando así hasta el extremo sus relaciones diplomáticas.

Un siglo después, la negacion turca a reconocer que aquella tragedia colectiva supusiera un genocidio mantiene abiertas las heridas y cerradas las fronteras. Hermine pertenece a la nueva diáspora armenia, la de la emigración huyendo de la pobreza. Llegó a España hace casi una década con su marido e hijo, y no sólo resiste aquí a pesar de la crisis, sino que poco a poco se ha traído también a su madre y a su hermano.
Sin embargo, Hermine rememora aquella masacre como si la hubiera vivido en primera persona. Los detalles se expone en el Museo del Genocidio de Ereván, donde cada día se depositan flores frescas alrededor de la llama perenne en honor de las víctimas, con vistas al monte Ararat, el símbolo nacional armenio, que sin embargo quedó hace mucho tiempo en territorio turco. Hermine es capaz de abstraerse de sus acuciantes problemas laborales y familiares para mirar desde una diáspora a la otra y sentenciar con emoción contenida: “fue un genocidio organizado”.

Es lo que piensan también sus vecinos georgianos, pero dirigiendo en este caso sus invectivas hacia la Rusia actual, que creen una continuación del régimen soviético. Desde la breve guerra de agosto de 2008 entre Georgia y Rusia, el ejército de este país ocupa las regiones separatistas de Abjasia y Osetia del Sur, cuya secesión ya costó en 1995 un conflicto armado con casi 10.000 muertos. En la actualidad hay 150.000 personas afectadas por las hostilidades y 90.000 refugiados que viven de las ayudas internacionales, según el recuento de la Oficina de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea. Es el resultado palpable de la intolerancia y la limpieza étnica a uno y otro lado de las fronteras de esas regiones.

Lo sigue poniendo de manifiesto Amnistía Internacional, en cuyo informe de 2011 aparecen referencias a que la población civil continúa sufriendo “acoso e inseguridad” en zonas de Abjasia, donde hubo incluso “informes sobre tiroteos, homicidios e incendios provocados”. Y respecto a los refugiados de guerra, muchas han sido las organizaciones que han denunciado la ilegalidad de los desalojos forzados que han venido padeciendo en Tiflis por parte de las autoridades gubernativas. Y en cuanto a los asentamientos recientemente construidos para los desplazados, “el acceso al agua, al saneamiento y otros servicios esenciales es insuficiente”, insiste Amnistía.

Las otras consecuencias: fronteras cerradas y armadas hasta los dientes, escaramuzas, denuncias de violación de derechos humanos, una depauperación que se evidencia en las propias calles de la capital, Tiflis, y una intensa propaganda de exaltación nacional contra los “enemigos” rusos y del resto de etnias por parte del Gobierno georgiano de Mijail Saakashvili, quien viene siendo reelegido presidente ininterrumpidamente desde 2004 a pesar de las protestas de la oposición por supuestos fraudes electorales. La represión de las últimas manifestaciones por este motivo, en mayo del año pasado, se saldó con dos muertos y decenas de heridos.

Sin embargo, para el verano las algaradas ya se habían acallado y tuvo lugar la apertura de una llamativa muestra permanente del Museo Nacional de Georgia, la dedicada a la “ocupación soviética”. Al entrar en el edificio, el propio guardia de seguridad, con orgullosa jovialidad, informa a los aún escasos turistas que visitan Tiflis de que en la cuarta planta se acaba de inaugurar esa exposición. Todavía no figura en los indicadores del museo. Al penetrar en la primera de las salas, sobrecoge la imagen de un vagón de tren, de tamaño real, agujereado por los disparos de una ametralladora allí mismo apostada. Junto a la escena, fotografías de cadáveres y largas listas, que ocupan paredes enteras, con los nombres de las víctimas de los primeros ataques del Ejército Rojo, en 1921.

La penumbra y quietud de la sala se ven rotas por el estruendo de un vídeo proyectado en una gran pantalla. Muestra imágenes de refugiados, muertos, heridos y bombardeos de la última guerra, la de 2008, junto a declaraciones del entonces presidente ruso, Vladimir Putin. El conjunto resulta efectista, pero también sobrecogedor. Ese mismo museo resalta la raigambre religiosa del país.

Tras Armenia, Georgia fue el segundo país del mundo en adoptar el cristianismo, y como aquélla, posee una Iglesia propia, que reivindica sus remotos orígenes con estrictos ritos concelebrados a diario en los vetustos monasterios que se diseminan por toda su geografía. Una institución nacional, un distintivo que contribuye a la cohesión de la sociedad bajo señas de identidad étnicas. Al igual que el alfabeto propio, que ha sustituido por completo al cirílico,importado por los rusos, del cual ya no se encuentra rastro alguno en los espacios públicos.

Pero Abjasia y Osetia no son los únicos peligros territoriales para Georgia. Su provincia más occidental, de mayoría turca, conserva un protectorado por parte de Turquía. En el extremo oriental son sin embargo los azeríes los que reclaman autonomía y se sienten más identificados con Azerbaiyán, mientras que en la provincia más meridional predomina la población armenia y amenazan también con movimientos separatistas. Y es que en el Cáucaso Sur el cese temporal de los conflictos bélicos, lejos de promover la convivencia, no ha hecho más que consolidar la segregación entre las múltiples etnias. Los tiroteos en las fronteras son sólo su síntoma.

Intelectual norteamericano acusa a Erdogan de tirano y a Turquía de dictadura!


"La libertad de expresarse y de publicar sin censura o amenaza de cárcel es un derecho sagrado para todos los hombres y mujeres", recalca Auster en un comunicado que hoy se difunde en varios medios turcos, como la emisora CNNTürk.

El autor de "Trilogía de Nueva York" también se refirió a las palabras del mandatario turco sobre que Auster criticara a Turquía pero no tuviera problemas en visitar Israel, un país cuyo talante democrático y de respeto a los derechos humanos puso en cuestión.

"El primer ministro puede pensar de Israel lo que quiera, pero es un hecho que allí existe libertad de expresión y no hay escritores o periodistas encarcelados", responde Auster en su nuevo comunicado.

"Según las últimas cifras de PEN Internacional, hay casi cien escritores encarcelados en Turquía, para no hablar de editores independientes, como Ragip Zarakolu, cuyo caso siguen los Centros PEN en todo el mundo", abundó el escritor.

"Todos los países son imperfectos y están aquejados de una miríada de problemas, señor primer ministro, incluyendo el mío, Estados Unidos, incluyendo el suyo, Turquía", indica Auster, quien se refiere a la libertad de expresión y prensa como un derecho esencial para mejorar la situación de cualquier país.

El lunes, Auster señaló que rechazaba visitar Turquía - país donde se publicará próximamente su libro "Diario de invierno" - por el alto número de periodistas y escritores encarcelados, más de cien, según apuntó.

El martes, Erdogan respondió a Auster, llamándolo "ignorante" y recordando que el escritor había visitado Israel en 2010, "aparentemente un país de lo más respetuoso con los derechos humanos", indicó con sorna, antes de enumerar ejemplos de la violencia que el país ejerce contra los palestinos.

domingo, 29 de enero de 2012

Un millón y medio de muertos que no descansan en paz.


El padre de Shanour Varenagh Aznavourian, el señor Misha, había sido cocinero del último zar de Rusia, tenía una hermosa voz de barítono y procedía de la comunidad armenia de Georgia. Se había casado con Knar, una actriz procedente de la antigua ciudad de Esmirna. Se asentaron en Turquía, pero no pudieron vivir tranquilos: hostigados y amenazados, los dos tuvieron que emprender una larga y agónica caminata por el desierto. Solo lograron burlar la muerte gracias a un salvoconducto ruso de Misha, que infundía cierto respeto a los nacionalistas turcos que les acosaban. Temblando de miedo y de incertidumbre, decidieron huir. Llegaron a Salónica (Grecia), luego a Marsella y, finalmente, a París. Misha abrió un pequeño restaurante de comida caucásica en la rue Huchette. Su hijo Shanour dejó la escuela a los 9 años y tuvo que ponerse a vender periódicos, calcetines y salchichones por las calles. A veces, cantaba coplas en los cafés parisinos.
Shanour Varenagh Aznavourian se llama hoy Charles Aznavour, tiene 87 años, ha vendido cien millones de discos, ha actuado en más de 50 películas y posee todas las grandes distinciones francesas. Charles Aznavour, que vive en Ginebra (Suiza), se ha llevado esta semana una alegría inesperada y profunda; una alegría por la que ha porfiado muchos años y con la que ya no contaba. El Senado francés aprobó el pasado lunes una ley que penaliza «el negacionismo» del genocidio armenio. La medida ha provocado un incendio diplomático entre Turquía y Francia. Hay manifestaciones en Estambul, los periódicos turcos insultan a Sarkozy y el primer ministro otomano, Tayyip Erdogan, promete que no volverá a pisar suelo francés. Y todo por algo que sucedió hace cien años. ¿Cómo puede sangrar tanto una herida abierta en 1915? ¿Qué pasó realmente entre Turquía y Armenia?
El periodista José Antonio Gurriarán se lo preguntó en 1980, cuando fue gravemente herido por una bomba colocada en la Gran Vía de Madrid. El atentado fue reivindicado por una organización terrorista armenia y aquella insólita conexión despertó la curiosidad de Gurriarán, que comenzó a investigar sobre el país caucásico, del que apenas sabía nada. Habló con muchos armenios, visitó el lugar, repasó los documentos históricos, vio las fotografías e incluso llegó a entrevistarse con los guerrilleros que casi lo matan. Hoy ha publicado dos libros sobre el asunto ('La Bomba' y 'Armenios. El genocidio olvidado') y defiende la necesidad de una reparación histórica: «Alemania tuvo la dignidad de reconocer el holocausto nazi. Willy Brandt oró ante el monumento a las víctimas de Hitler y el contencioso germano-judío quedó resuelto. Turquía, por el contrario, lleva 96 años negando el genocidio de millón y medio de armenios».
Muerte y silencio
Los armenios vivían en Anatolia, la zona central del Imperio Otomano, pero mantenían muchas peculiaridades propias y antiquísimas, que cultivaban con orgullo: eran cristianos y poseían un idioma e incluso un alfabeto propio. Durante muchos siglos, convivieron más o menos en paz con los turcos, pero en los últimos años habían comenzado a luchar para pedir mayores derechos, con algunos conatos de rebelión. En 1914, cuando empezó la Primera Guerra Mundial, los turcos vieron con recelo cómo en el ejército ruso, que les incordiaba en la frontera, se habían enrolado algunos armenios. Creían tener al enemigo en casa.
Entonces, Mehmet Talaat, Ismail Enver y Ahmed Jamal, ministros y miembros del partido nacionalista de los Jóvenes Turcos, decidieron atacar. El 24 de abril de 1915, dieron la orden de secuestrar a 250 intelectuales armenios que vivían en Constantinopla. Los mandaron a una prisión del interior del país, donde fueron torturados y finalmente ejecutados. Aquel fue el funesto prólogo de las leyes de deportación: las autoridades mandaron sacar a todos los ciudadanos armenios que vivían en la Turquía oriental y conducirlos a pie, sin víveres ni protección, hasta el lejano desierto sirio de Dair Zar.
Aquel fue un viaje sin destino. Los expulsados (hombres, mujeres, ancianos y niños) caminaban, caminaban y caminaban, bajo un sol de fuego, por pedregales y montañas. No les permitían descansar ni apenas beber. Se alimentaban de lo que podían. De vez en cuando, se encontraban con escuadrones de la muerte, que gozaban golpeando y martirizando a los armenios deportados. Violaban a las mujeres y a las niñas. Luego los ahorcaban, los arrojaban al río Éufrates o los fusilaban. En Trebizon, decidieron montar a los armenios en barcas y hundirlos en medio del Mar Negro. Los afortunados que pudieron huir encontraron refugio en Francia o América. Políticos como Edouard Balladur, actrices como Cher, pintores como Arshile Gorky y deportistas como David Nalbaldian, André Agassi o Alain Prost son hijos de la diáspora armenia. Cuando era apenas un adolescente, el pintor Gorky, que acabó suicidándose en Estados Unidos, vio cómo su madre moría en sus brazos. De hambre.
¿Fue aquello un genocidio, planificado y diseñado desde arriba? El historiador británico Arnold Toynbee, en un informe de 1917, definió la masacre como «el exterminio de una nación». Incluso el propio Hitler citaba el caso armenio como un interesante precedente de su «solución final» para los judíos. Sin embargo, los turcos lo niegan rotundamente y hasta persiguen a quienes sostienen lo contrario. El escritor Orhan Pamuk, premio Nobel, debió afrontar un proceso judicial y una multa por decir que el Imperio Otomano había matado a un millón de armenios: «Es un tabú. Nadie se atreve a mencionarlo, así que yo lo digo alto y claro», clamó Pamuk en un periódico suizo. Casi todos sus compatriotas, en cambio, prefieren la versión oficial: «Era una guerra. Muchos armenios murieron, pero también fueron asesinados 600.000 musulmanes», sentencia Yusuf Halacoglu, diputado y expresidente de la Sociedad Turca de Historia. La escuela de Halacoglu discute, entre otras cosas, la autenticidad de un elocuente telegrama remitido por el ministro Talaat al gobernador de Alepo: «El gobierno ha decidido exterminar a todos los armenios habitantes de Turquía (...) Sin miramientos por las mujeres, niños y enfermos (...) Es necesario poner fin a su existencia».
La palabra «genocidio», situada en el centro del debate, es un vocablo bastardo, acuñado en 1943 por Raphael Lemkin, un profesor judío. Lemkin mezcló una raíz griega ('genos': pueblo o raza) con un sufijo latino ('cedere': matar). La ONU asumió el término y lo definió como «cualquier acto cometido con la intención de destruir, en todo o en parte, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso». El propio Lemkin consideraba que el exterminio armenio había sido el primer genocidio del siglo XX. Hasta la fecha, según datos del Consejo Nacional Armenio, 26 países lo han reconocido oficialmente. En España, solo Euskadi y Cataluña han dado ese paso. Turquía, miembro de la OTAN y aliado estratégico de Occidente, impone demasiado.
Parece como si, en el fondo, fuera un simple lío de palabras. Sin embargo, para los armenios se trata de una cuestión esencial e irrenunciable. «Aznavour dice que con su pueblo se está cometiendo un doble genocidio -explica Gurriarán-. El primero les arrebató a sus antepasados. El segundo lo niega».

http://www.hoy.es/v/20120129/sociedad/herida-abierta-20120129.html

Leonardo Moumdjian conduce Ayres de Armenia !!!


"Ayres de Armenia" Un viaje entre oriente y occidente, un recorrido entre el pasado , el presente y el futuro, un trayecto en Argentina y Armenia. Sábados de 17 a 18 en radio cultura, FM 97.9. conduce Leo Moumdjian.
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