martes, 24 de abril de 2012
Obama:" ...que tan oscuros episodios de la historia nunca se repitan"
El presidente estadounidense Barack Obama conmemoró este martes la matanza de armenios de 1915 por parte de los turcos otomanos, destacando la necesidad de "un total, franco y justo reconocimiento de las circunstancias" de los "brutales" asesinatos.
Aunque calificó la masacre como "una de las peores atrocidades del siglo XX", Obama no usó el término "genocidio", pero implícitamente llamó a Turquía a reconocer su papel en ella.
"He sido coherente en mi visión de lo que sucedió en 1915. Mi opinión sobre estos hechos no han cambiado", dijo el presidente en un comunicado de la Casa Blanca emitido en el Día de la memoria armenia.
"Un total, franco y justo reconocimiento de los hechos está en el interés de todos. No se puede avanzar hacia el futuro sin evaluar los hechos del pasado", afirmó.
El comunicado de la Casa Blanca fue publicado mientras miles de armenios conmemoraban el aniversario con una procesión hacia un memorial erigido en una colina cercana a la capital Erevan.
Los armenios sostienen que cerca de un millón y medio de los suyos fueron asesinados cuando el Imperio Otomano se desintegraba, una estimación compartida por otros países.
Turquía niega firmemente las acusaciones de genocidio, admitiendo que de 300.000 a 500.000 armenios y un número similar de turcos murieron en los enfrentamientos que se produjeron cuando los armenios se levantaron contra los otomanos y se aliaron a las tropas rusas.
Obama dijo que en el aniversario se deben "honrar la memoria del millón y medio de armenios que fueron brutalmente masacrados o marcharon a su muerte en los últimos días del Imperio Otomano".
"Al evocar el indescriptible sufrimiento infligido hace 97 años, nos unimos a los millones que hacen lo mismo alrededor del mundo y aquí en Estados Unidos, donde es solemnemente conmemorado por nuestros estados, instituciones, comunidades y familias", declaró el mandatario.
"A través de nuestras palabras y nuestros acciones, es nuestra obligación mantener viva la llama de la memoria de aquellos que murieron y garantizar que tan oscuros episodios de la historia nunca se repitan", agregó el comunicado de la Casa Blanca.
La herida abierta de un exterminio silenciado por Nicolás de Miguel
"A falta de la industrial máquina de muerte nazi, el extermino sufrido por los armenios, - y no podemos olvidar a sus desgraciados compañeros de calvario como asirios, caldeos, helenos pónticos y sirios -, tuvo esa impronta de piedra, fuego y hierro a través del abrasador desierto sirio, donde muerte, violación e inanición conformaron una tríada dantesca".
Un 24 de Abril de 1915, en Estambul, la vieja Constantinopla grecobizantina, daba comienzo la gran carnicería, un intento de aniquilación total, el primer genocidio planificado, sistemático, del siglo XX. Se inició con absoluta precisión, comenzando por la élite sociocultural y religiosa y, una vez descabezada, se encarnizó con la totalidad del pueblo de la Armenia occidental. La comunidad armenia en el Imperio Otomano ya había sufrido otras persecuciones previas y preparatorias para su Holocausto. Una comunidad cuya cultura milenaria hunde sus raíces en un espacio geográfico reducido en la actualidad a su mínima expresión. Porque al genocidio físico debemos sumar el genocidio cultural como consecuencia de que un noventa por ciento, la Armenia histórica, además de la Cilicia, se ubicaba dentro los límites de la Sublime Puerta y actualmente en la heredera de aquélla, Turquía.
El genocidio iniciado en la primavera de hace 97 años fue también, como no podía ser de otra manera, un crimen contra el Patrimonio cultural de la Humanidad amén de la expropiación, del robo de haciendas a gran escala. La Cuestión Armenia sigue siendo pues, una cuestión actual, una herida abierta por la que brota la sangre de un pueblo y que no cicatrizará hasta su reconocimiento final. Una cicatrización que no debe ni puede significar olvido. Todos sabemos que ocurre a los pueblos, a las naciones y a los ciudadanos cuando intentan sentar bases sólidas sobre el fango del silencio, del negacionismo, de la distorsión interesada de la realidad. La antorcha de la causa armenia es la llama de todos aquellos que defienden, por fea que sea, la verdad. Y sobre esta, la justicia, cimientos sobre los que fundamentar una sociedad de ciudadanos libres.
Este genocidio nacional-cultural segó las vidas de más de millón y medio de armenios en las condiciones más espeluznantes que imaginarse pueda. A falta de la industrial máquina de muerte nazi, el exterminio sufrido por los armenios,- y no podemos olvidar a sus desgraciados compañeros de calvario como asirios, caldeos, helenos pónticos y sirios-, tuvo esa impronta de piedra, fuego y sable a través de los desiertos sirios donde muerte, violación y hambre conformaron la tríada dantesca que caracterizó la masacre de cientos de miles de inocentes a manos de los otomanos. No es la primera, ni penosamente será la última vez que escribo sobre este demencial suceso histórico.
Y no me extenderé más sobre los relatos al alcance de cualquiera que quiera conocer esta verdad, esta injusticia nauseabunda cuya sola mención todavía está penada en Turquía. La columna de hoy quiere sumarse al recordatorio que en todos los rincones del mundo civilizado se realizan en un día de luto para Armenia. Un recuerdo vívido en el que para su difusión, lucha y reconocimiento la Diáspora jugó, juega un papel de primer orden. No en vano, es una Comunidad mucho más numerosa que la que mora en el pequeño Estado de la Transcaucasia. Y todos con el Ararat en la retina.
Conmemoramos pues un día de luto para la Humanidad. Un día negro que los armenios, tanto del país transcaucásico como de la Diáspora, que rememoran con dolor y oraciones. Unas oraciones que practican hasta quiénes no son cristianos, ni siquiera creyentes, en honor a unos antepasados que no descansan en paz. Porque nunca o pocas veces, una religión fue a la vez bendición y cruz de un pueblo, un pueblo que es el epítome oriental de lo que antaño se conocía como Cristiandad. Una nación cuya situación en el mapa de la geoestrategia sigue condicionando su fortuna. Desde la declaración conjunta de Francia, Rusia y Gran Bretaña el 24 de Mayo de 1915 ,hasta la polémica, esperemos no malograda en un futuro, ley francesa de 2012 que pretende penalizar el negacionismo del genocidio armenio, un rosario de cuentas insuficientes jalonan el calendario de reconocimientos. Un reconocimiento entre los que no figura la firma española.
lunes, 23 de abril de 2012
97 años del genocidio y la lucha debe continuar: por Ankine Arakelian
Para mi es muy importante el tener origen armenio; me siento muy orgullosa de mis raíces, de mis costumbres, de mi cultura, de ese hermoso idioma que escucho desde pequeña, y me siento orgullosa por el coraje y la pasión de vida que demostraron aquellos que hoy no están, y que entregaron sus vidas para que hoy yo pueda escribir estas palabras.
Por eso intento continuar la lucha y con ello rendir homenaje a aquellos que lo hicieron primero.
Pero los nuevos tiempos exigen nuevas modalidades de trabajo.
Desde que tengo uso de razón, escucho hablar del Genocidio, historias terribles, y conmovedoras hasta las lágrimas y me he convencido de que cada armenio que nace, cualquiera sea su generación, o su ubicación geográfica e incluso cuán sumergido esté en la cultura o el quehacer armenio,nacerá con esta terrible memoria cargada en sus espaldas, con una
historia hecha sin haberla vivido.
Es que provenimos de un pueblo milenario, que entre otras muchas vicisitudes sobrevivió a una de las mas grandes atrocidades del S.XX como lo es este genocidio que, después de 97 años aún no a sido reconocido y continúa siendo negado por quienes lo perpetraron y sus cómplices.
Pero también es cierto que este pasado colectivo reprime nuestro futuro,ya que estos 97 años de sufrimiento, lucha y espera son imposibles de borrar.
Pero ahora es un nuevo tiempo de lucha, porque el mundo ha cambiado. Hemos cambiado nosotros y también nuestros enemigos.
Es hora de remangarse, y de poner las manos en el barro, es tiempo de dar todo, ya que aún nos queda mucho por recorrer, los caminos no están hechos:somos nosotros los que los hacemos al andar.
Es momento de actuar con inteligencia, quizás con una mente distinta: por ejemplo de tirar de una sola cuerda, de olvidar los intereses personales y enfocarnos en los generales, en los que son esenciales para la sobrevivencia del pueblo armenio.
Debemos avanzar sin olvidos pero no sólo debemos quedarnos con lo que paso, debemos enfocarnos en lo que queremos que pase.
Qué es lo que queremos que suceda es la gran pregunta que debemos contestar entre todos los armenios.
Sin desmemoria, y con inteligencia, debemos construir la imagen de futuro y trabajar aunados para convertirla en realidad.
Conscientes de que nadie nos dará obsequios y que todo lo debemos conseguir con nuestro esfuerzo colectivo.
24/de abril/2012
Montevideo Uruguay
domingo, 22 de abril de 2012
Guiragós Merzifounian: La última voz del Genocidio Armenio
Golpearon la puerta con violencia. Nadie respondió. Dentro de la casa, los Merzifounian sabían que su inevitable destino los acechaba, pero ninguno quería verle la cara. Era una tarde de abril de 1915, en Kayseri, en el centro de Turquía, cuando cuatro hombres armados ingresaron en la sala y los obligaron a empacar sus pertenencias para marcharse de la ciudad.
Ese mismo mes, el 24 de abril de 1915, el gobierno de los Jóvenes Turcos había decidido oficializar lo que ya se venía haciendo sin declaraciones: limpiar de armenios el territorio turco. Una decisión política implementada con tal brutalidad que las masacres, las deportaciones forzadas y las marchas de familias enteras por el desierto en condiciones extremas dejaron un saldo de un millón y medio de muertos, en lo que se conoce como el primer holocausto del siglo XX.
Los Merzifounian, comerciantes armenios, ya habían sentido el azote de esa tragedia colectiva: unos meses antes, se habían llevado a todos los hombres adultos de la familia a hacer trabajo esclavo para el gobierno de los Jóvenes Turcos. Nunca más volverían a verlos. Entre ellos, se encontraba el padre de Guiragós Merzifounian.
Por eso, seguramente, aquella tarde de abril de 1915, frente al pelotón que los apuntaba, el niño de tan sólo cinco años miró a los hombres armados y se aferró a su abuela pensando que era el final. No podía imaginar entonces que llegaría a cumplir 102 años en un lugar del que aún nunca había oído hablar, la Argentina.
Y que él sería uno de los pocos sobrevivientes del genocidio de su pueblo que aún pueden contar lo ocurrido. Se lo ve ansioso, con ganas de narrar su historia, tanto que empieza a hablar sin mediar ninguna pregunta. Cada recuerdo lo exalta y relata los hechos con tantos detalles que pareciera que todo hubiera ocurrido ayer. Se acomoda en el sillón del living de su casa en Villa Urquiza, rodeado de fotos de su familia, mientras su esposa, Meliné, de 89 años, también de familia armenia, le trae café y le pide que no se exalte demasiado. Otra familia, en otra casa, hace tantísimos años, también intentó cuidarlo.
Sus tías y abuelos juntaron todo lo que pudieron y lo colocaron sobre los caballos, para emprender el exilio forzado, una de esas marchas extenuantes por el desierto que fueron trampa mortal para miles de hombres, mujeres y niños. "Pusimos las frazadas dentro de las alfombras e hicimos cuatro paquetes y los cargamos sobre los animales. Yo iba en un bolsón sobre el caballo porque no podía caminar tanto", recuerda.
Durante horas, nadie les decía adónde los llevaban, hasta que cerca de la medianoche, les ordenaron que se detuvieran. Estaban en medio del desierto, extenuados, hambrientos y con frío. Les dijeron que esperaran allí. Pero no volvieron más. Cuando se dio cuenta de la trampa, desesperada, la abuela decidió salir en busca de ayuda. "¿Hay algún humano para ayudarnos?", preguntó la abuela, ya exhausta, tras una hora de caminata. "De la oscuridad profunda, surgieron cinco armenios", dice Guiragós en Villa Urquiza, pero el desierto de pronto parece estar tan cerca otra vez que los ojos se le llenan de lágrimas, como le pasa todavía cada vez que recuerda los peores momentos. Los hombres que respondieron al llamado eran armenios obligados a trabajar como esclavos en la construcción de las nuevas vías del ferrocarril hacia Alepo, Siria.
Bajo su protección pasaron la noche, pero sus vidas aún estaban en peligro ya que sus recientes protectores no podían resguardarlos por mucho tiempo. "Si nos agarran, nos ahorcan a todos -dijeron-. Los ponemos en el tren, cruzan la frontera y se salvan, porque allí no hay turcos." Pero tras el viaje en tren, ya en Siria, se dieron cuenta de que también allí se encontraban en peligro.
Los rumores de nuevos asesinatos de armenios eran cada vez más fuertes.
La misma población, la gente en las calles, era hostil. Y ellos entendieron que ningún escondite sería suficiente. Debían irse de Siria, pero hasta encontrar la salida, tendrían que pasar desapercibidos. El sufrimiento, mientras tanto, terminó por socavar las fuerzas de la familia. Primero falleció la madre , que tenía veinticuatro años, luego dos de sus tías y, finalmente, su abuelo.
Del grupo original, sólo quedaban su abuela, una tía, Guiragós y uno de sus primos. Para entonces, ya con siete años, Guiragós debió salir a colaborar con su familia en medio de los bombardeos de la Primera Guerra Mundial. De los vagones quemados en una estación de tren bombardeada por los ingleses, él y su primo sacaban las cerraduras y bisagras que después se las arreglaban para vender en los almacenes por centavos.
Todavía recuerda ese aroma tan especial, el de la comida que la abuela preparaba cada vez que le llevaban las monedas. Una vez más se emociona, hace una pausa. A su alrededor, su mujer, Meliné, con quien se casó en 1942, y sus hijos, Gregorio y Diana, la familia que formó en Argentina y que ayudó a curar tantas de aquellas viejas heridas. Con el avance de los británicos, los refugiados armenios recuperaron la paz y la esperanza, ya que les prometieron que volverían a sus pueblos en el sur de Turquía y que los ayudarían con alimentos. "Muchos tomaron los trenes con la bandera armenia. Tocaban canciones alegres. Era la fiesta más grande después de la matanza. Yo caminaba con ellos. Llegaron y sacaron a los turcos de las casas. Cilicia estaba libre", evoca. Merzifounian viajó a Constantinopla junto con su familia, donde permanecieron cuatro años. Allí, vivió en el orfanato de unos compatriotas y pudo comenzar a estudiar. Mientras tanto, su abuela partió en busca de otro de sus hijos que estaba en un pueblo cercano y nunca más volvió a verla.
La persecucción, otra vez En medio de tanto sufrimiento, jamás imaginó que presenciaría uno de los hechos más felices de su vida: la independencia de Armenia, el 28 de mayo de 1918. "¡Qué alegría! Hubo una gran fiesta y tocaban música. Los armenios nos reunimos en la plaza grande", recuerda, aunque sabe hoy lo que en aquel momento ignoraba: que el regocijo duraría poco ya que, en 1922, las tropas turcas ingresaron en Constantinopla (actual Estambul) al mando de Mustafá Kemal Atatürk y comenzó una nueva persecución, igualmente salvaje.
Para el niño Guiragós no quedaron dudas: también prendieron fuego su orfanato. Logró escapar con su primo y juntos llegaron a la isla de Corfú, en Grecia, donde aprendió el oficio que lo acompañaría por el resto de sus días: fabricante de calzados. Y fue allí también en donde la suerte -si puede llamársela así- empezó a estar de su lado.
Pocos meses después de llegar a Grecia, un familiar que había huido a Francia logró encontrarlos y les escribió para que volvieran a estar juntos. En Francia entonces, y otra vez en familia, pudo rehacer su vida, trabajó en una estación de tren y en una zapatería, y ya tenía dieciocho años cuando lo sorprendió la carta de otro primo que vivía en la Argentina y le prometía enviarle el pasaje.
Desembarcó en Buenos Aires el 8 de julio de 1928 y, como no había nadie esperándolo en el puerto, se subió a un mateo que lo llevó hasta la casa de su primo, en Floresta, y se sentó a esperarlo. "El primer día me convidó vino y pan dulce y al día siguiente, el 9 de julio, nos fuimos juntos al desfile militar", dice con una sonrisa. Fue en Buenos Aires donde Guiragós se convirtió en Guillermo, como lo conoce la mayoría de los clientes de la zapatería que aún atiende su hijo en Villa Urquiza. Meliné, Gregorio y Diana siguen atentos el relato que han escuchado ya tantas veces. Se acercan. Controlan que no se exalte. Le traen café y galletas para que haga una pausa, algo imposible porque no hay nada que logre detenerlo, especialmente cuando habla de Atatürk. Como si estuviera viéndolo en persona, eleva la voz, se mueve verdaderamente inquieto. Lo mismo le pasa cuando menciona el frustrado viaje del presidente turco Recep Tayyip Erdogan a Buenos Aires en 2010, o cuando se mencionó la posibilidad de que le hicieran un monumento al líder turco en Recoleta. "Era lo peor que podían haber hecho", afirma.
El año pasado, el fallo del juez Norberto Oyarbide que acusó al Estado turco por el genocidio armenio, fue celebrado con ruidosa alegría en su hogar. Merzifounian nunca olvidó sus raíces ni lo que había vivido en su infancia ni el doloroso recuerdo de sus padres y su abuela perdidos en la tragedia.
El sentimiento de injusticia que todavía está vivo en su corazón, y que sus hijos y nietos comparten, mantiene viva también la memoria de su pueblo. Por eso, durante décadas tuvo una cuenta pendiente: viajar a conocer Armenia, algo que recién pudo saldar en 1972.
Allí, sintió que había logrado cerrar el círculo de su pasado y conocer el país con el que nunca había dejado de soñar. "Estaba en la capital, en la puerta de una biblioteca, y un señor me preguntó: ?¿De dónde viene? De la Argentina. ?¿Desde dónde llegó?' De Francia. ?¿Desde dónde llegó allí?' De Grecia. ?¿Desde dónde?' De Constantinopla. ?¿En Constantinopla, a dónde estabas?' En tal orfanato -concluye--. Me abrazó y nos pusimos a llorar.
Era mi compañero de pieza." QUIEN ES Nombre y apellido: Guiragós Merzifounian Edad: 102 años De Turquía al exilio: Perteneciente a una familia armenia de Kayseri, en el centro de Turquía, tenía cinco años cuando se oficializó en Turquía la matanza y expulsión masiva de los armenios. Su familia huyó a través del desierto, hacia Siria, pero pocos sobrevivieron a la dureza del exilio. Vecino de Buenos Aires: En Grecia aprendió el oficio de zapatero, que ejerció toda su vida. En 1928 llegó a la Argentina, se instaló en el barrio de Floresta, primero, y luego en Villa Urquiza, donde su hijo maneja la zapatería familiar. Aquí se casó y formó familia..
Ese mismo mes, el 24 de abril de 1915, el gobierno de los Jóvenes Turcos había decidido oficializar lo que ya se venía haciendo sin declaraciones: limpiar de armenios el territorio turco. Una decisión política implementada con tal brutalidad que las masacres, las deportaciones forzadas y las marchas de familias enteras por el desierto en condiciones extremas dejaron un saldo de un millón y medio de muertos, en lo que se conoce como el primer holocausto del siglo XX.
Los Merzifounian, comerciantes armenios, ya habían sentido el azote de esa tragedia colectiva: unos meses antes, se habían llevado a todos los hombres adultos de la familia a hacer trabajo esclavo para el gobierno de los Jóvenes Turcos. Nunca más volverían a verlos. Entre ellos, se encontraba el padre de Guiragós Merzifounian.
Por eso, seguramente, aquella tarde de abril de 1915, frente al pelotón que los apuntaba, el niño de tan sólo cinco años miró a los hombres armados y se aferró a su abuela pensando que era el final. No podía imaginar entonces que llegaría a cumplir 102 años en un lugar del que aún nunca había oído hablar, la Argentina.
Y que él sería uno de los pocos sobrevivientes del genocidio de su pueblo que aún pueden contar lo ocurrido. Se lo ve ansioso, con ganas de narrar su historia, tanto que empieza a hablar sin mediar ninguna pregunta. Cada recuerdo lo exalta y relata los hechos con tantos detalles que pareciera que todo hubiera ocurrido ayer. Se acomoda en el sillón del living de su casa en Villa Urquiza, rodeado de fotos de su familia, mientras su esposa, Meliné, de 89 años, también de familia armenia, le trae café y le pide que no se exalte demasiado. Otra familia, en otra casa, hace tantísimos años, también intentó cuidarlo.
Sus tías y abuelos juntaron todo lo que pudieron y lo colocaron sobre los caballos, para emprender el exilio forzado, una de esas marchas extenuantes por el desierto que fueron trampa mortal para miles de hombres, mujeres y niños. "Pusimos las frazadas dentro de las alfombras e hicimos cuatro paquetes y los cargamos sobre los animales. Yo iba en un bolsón sobre el caballo porque no podía caminar tanto", recuerda.
Durante horas, nadie les decía adónde los llevaban, hasta que cerca de la medianoche, les ordenaron que se detuvieran. Estaban en medio del desierto, extenuados, hambrientos y con frío. Les dijeron que esperaran allí. Pero no volvieron más. Cuando se dio cuenta de la trampa, desesperada, la abuela decidió salir en busca de ayuda. "¿Hay algún humano para ayudarnos?", preguntó la abuela, ya exhausta, tras una hora de caminata. "De la oscuridad profunda, surgieron cinco armenios", dice Guiragós en Villa Urquiza, pero el desierto de pronto parece estar tan cerca otra vez que los ojos se le llenan de lágrimas, como le pasa todavía cada vez que recuerda los peores momentos. Los hombres que respondieron al llamado eran armenios obligados a trabajar como esclavos en la construcción de las nuevas vías del ferrocarril hacia Alepo, Siria.
Bajo su protección pasaron la noche, pero sus vidas aún estaban en peligro ya que sus recientes protectores no podían resguardarlos por mucho tiempo. "Si nos agarran, nos ahorcan a todos -dijeron-. Los ponemos en el tren, cruzan la frontera y se salvan, porque allí no hay turcos." Pero tras el viaje en tren, ya en Siria, se dieron cuenta de que también allí se encontraban en peligro.
Los rumores de nuevos asesinatos de armenios eran cada vez más fuertes.
La misma población, la gente en las calles, era hostil. Y ellos entendieron que ningún escondite sería suficiente. Debían irse de Siria, pero hasta encontrar la salida, tendrían que pasar desapercibidos. El sufrimiento, mientras tanto, terminó por socavar las fuerzas de la familia. Primero falleció la madre , que tenía veinticuatro años, luego dos de sus tías y, finalmente, su abuelo.
Del grupo original, sólo quedaban su abuela, una tía, Guiragós y uno de sus primos. Para entonces, ya con siete años, Guiragós debió salir a colaborar con su familia en medio de los bombardeos de la Primera Guerra Mundial. De los vagones quemados en una estación de tren bombardeada por los ingleses, él y su primo sacaban las cerraduras y bisagras que después se las arreglaban para vender en los almacenes por centavos.
Todavía recuerda ese aroma tan especial, el de la comida que la abuela preparaba cada vez que le llevaban las monedas. Una vez más se emociona, hace una pausa. A su alrededor, su mujer, Meliné, con quien se casó en 1942, y sus hijos, Gregorio y Diana, la familia que formó en Argentina y que ayudó a curar tantas de aquellas viejas heridas. Con el avance de los británicos, los refugiados armenios recuperaron la paz y la esperanza, ya que les prometieron que volverían a sus pueblos en el sur de Turquía y que los ayudarían con alimentos. "Muchos tomaron los trenes con la bandera armenia. Tocaban canciones alegres. Era la fiesta más grande después de la matanza. Yo caminaba con ellos. Llegaron y sacaron a los turcos de las casas. Cilicia estaba libre", evoca. Merzifounian viajó a Constantinopla junto con su familia, donde permanecieron cuatro años. Allí, vivió en el orfanato de unos compatriotas y pudo comenzar a estudiar. Mientras tanto, su abuela partió en busca de otro de sus hijos que estaba en un pueblo cercano y nunca más volvió a verla.
La persecucción, otra vez En medio de tanto sufrimiento, jamás imaginó que presenciaría uno de los hechos más felices de su vida: la independencia de Armenia, el 28 de mayo de 1918. "¡Qué alegría! Hubo una gran fiesta y tocaban música. Los armenios nos reunimos en la plaza grande", recuerda, aunque sabe hoy lo que en aquel momento ignoraba: que el regocijo duraría poco ya que, en 1922, las tropas turcas ingresaron en Constantinopla (actual Estambul) al mando de Mustafá Kemal Atatürk y comenzó una nueva persecución, igualmente salvaje.
Para el niño Guiragós no quedaron dudas: también prendieron fuego su orfanato. Logró escapar con su primo y juntos llegaron a la isla de Corfú, en Grecia, donde aprendió el oficio que lo acompañaría por el resto de sus días: fabricante de calzados. Y fue allí también en donde la suerte -si puede llamársela así- empezó a estar de su lado.
Pocos meses después de llegar a Grecia, un familiar que había huido a Francia logró encontrarlos y les escribió para que volvieran a estar juntos. En Francia entonces, y otra vez en familia, pudo rehacer su vida, trabajó en una estación de tren y en una zapatería, y ya tenía dieciocho años cuando lo sorprendió la carta de otro primo que vivía en la Argentina y le prometía enviarle el pasaje.
Desembarcó en Buenos Aires el 8 de julio de 1928 y, como no había nadie esperándolo en el puerto, se subió a un mateo que lo llevó hasta la casa de su primo, en Floresta, y se sentó a esperarlo. "El primer día me convidó vino y pan dulce y al día siguiente, el 9 de julio, nos fuimos juntos al desfile militar", dice con una sonrisa. Fue en Buenos Aires donde Guiragós se convirtió en Guillermo, como lo conoce la mayoría de los clientes de la zapatería que aún atiende su hijo en Villa Urquiza. Meliné, Gregorio y Diana siguen atentos el relato que han escuchado ya tantas veces. Se acercan. Controlan que no se exalte. Le traen café y galletas para que haga una pausa, algo imposible porque no hay nada que logre detenerlo, especialmente cuando habla de Atatürk. Como si estuviera viéndolo en persona, eleva la voz, se mueve verdaderamente inquieto. Lo mismo le pasa cuando menciona el frustrado viaje del presidente turco Recep Tayyip Erdogan a Buenos Aires en 2010, o cuando se mencionó la posibilidad de que le hicieran un monumento al líder turco en Recoleta. "Era lo peor que podían haber hecho", afirma.
El año pasado, el fallo del juez Norberto Oyarbide que acusó al Estado turco por el genocidio armenio, fue celebrado con ruidosa alegría en su hogar. Merzifounian nunca olvidó sus raíces ni lo que había vivido en su infancia ni el doloroso recuerdo de sus padres y su abuela perdidos en la tragedia.
El sentimiento de injusticia que todavía está vivo en su corazón, y que sus hijos y nietos comparten, mantiene viva también la memoria de su pueblo. Por eso, durante décadas tuvo una cuenta pendiente: viajar a conocer Armenia, algo que recién pudo saldar en 1972.
Allí, sintió que había logrado cerrar el círculo de su pasado y conocer el país con el que nunca había dejado de soñar. "Estaba en la capital, en la puerta de una biblioteca, y un señor me preguntó: ?¿De dónde viene? De la Argentina. ?¿Desde dónde llegó?' De Francia. ?¿Desde dónde llegó allí?' De Grecia. ?¿Desde dónde?' De Constantinopla. ?¿En Constantinopla, a dónde estabas?' En tal orfanato -concluye--. Me abrazó y nos pusimos a llorar.
Era mi compañero de pieza." QUIEN ES Nombre y apellido: Guiragós Merzifounian Edad: 102 años De Turquía al exilio: Perteneciente a una familia armenia de Kayseri, en el centro de Turquía, tenía cinco años cuando se oficializó en Turquía la matanza y expulsión masiva de los armenios. Su familia huyó a través del desierto, hacia Siria, pero pocos sobrevivieron a la dureza del exilio. Vecino de Buenos Aires: En Grecia aprendió el oficio de zapatero, que ejerció toda su vida. En 1928 llegó a la Argentina, se instaló en el barrio de Floresta, primero, y luego en Villa Urquiza, donde su hijo maneja la zapatería familiar. Aquí se casó y formó familia..
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